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Dolor relacionado con emociones y viceversa

7 de noviembre de 2014

Las emociones provocan dolores físicos, y eso es un hecho. Del mismo modo el dolor físico, desencadena emociones. Desde la psicología podemos trabajar tanto los sentimientos de tristeza, desesperanza, y melancolía, como los síntomas de dolor. Llegamos al por qué del problema, a los motivos por los que apareció, y a los factores que actualmente a día de hoy, están permitiendo que ese dolor, o que esa tristeza y desmotivación, continúen.



Dolor crónico, depresión, somatización, y emociones

Dolor y emociones, se encuentran muy ligados, y da igual el orden en el que aparezcan. Las emociones provocan dolores físicos, y eso es un hecho. Del mismo modo el dolor físico, desencadena emociones. Desde la psicología podemos trabajar tanto los sentimientos de tristeza, desesperanza, y melancolía, como los síntomas de dolor. Llegamos al por qué del problema, a los motivos por los que apareció, y a los factores que actualmente a día de hoy, están permitiendo que ese dolor, o que esa tristeza y desmotivación, continúen.

Solo nosotros podemos generar el cambio.  Pero a veces no es fácil encontrar el cómo. Nos preguntamos continuamente por el por qué, y olvidamos hacernos otras preguntas.

Compadecernos, de por qué me ha tocado a mí, o por qué las cosas son como son, y no de otra manera, nos envuelve en un estado del que es difícil salir. Nos adentra en una especie de madriguera oscura, que nos aparta de la solución. Lo peor, que no nos damos cuenta.

Cambiar es posible. El mero hecho de comenzar a hacer las cosas de otra manera, ya nos lleva a resultados diferentes. Adentrarse en una terapia psicológica, es como descubrir que sí había un lugar por donde salir, que sí podía hacer cosas para continuar disfrutando, que soy capaz de manejar mi dolor. Que mi dolor no siempre está, y que soy yo quién le doy lugar en mis días, o el que puedo hacer cosas a pesar de él. Y tan solo un pequeño cambio, tan solo el vivir la experiencia de él, nos impulsa hacia el cambio radical en nuestras vidas.

Dolor y depresión.

El dolor crónico y la depresión pueden estar relacionados. La persona con dolor crónico ve limitada su vida en muchos aspectos (laborales, sociales, familiares, sexuales, etc.). El hecho de que la persona con dolor crónico se vea limitada y tenga que dejar de hacer ciertas actividades que previamente le generaban placer, es precisamente lo que provoca una disminución de su estado de ánimo: El verse incapaz de salir con los amigos, de ir de viaje, o por tener que estar siempre pendiente de su dolor.

La depresión en si misma va a acompañada de síntomas físicos, que no son ni más ni menos que la somatización de las emociones. Es fácil encontrar en la consulta, pacientes diagnosticados de depresión, que además hacen referencia a síntomas como dolores de cabeza, de tripa, etc.

Por tanto, nos encontramos ante mismos síntomas, pero por diferentes razones. En el primer caso estaría el paciente con dolor crónico, del tipo que sea, y que a raíz de este dolor, su estado de ánimo comenzó a descender, llegando a la depresión.

Por otro lado, aquel paciente que tiene depresión por los motivos que sea (ruptura de pareja, problemas familiares, dificultades en la escuela, problemas labolares, etc.) y que ve acompañado el sentimiento de tristeza, por dolores físicos de cualquier tipo.

El dolor agudo es un dolor que aparece rápidamente y cuya duración es inferior a los 6 meses. Normalmente provoca limitaciones personales, y un ejemplo podría ser el dolor que se siente tras una operación quirúrgica en alguna parte del cuerpo.

El dolor crónico es en cambio un dolor que se alarga en el tiempo, y frecuentemente genera un alto grado de ansiedad y posterior depresión. 

 

El concepto de dolor y su evolución.

El concepto de dolor ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Inicialmente, filósofos como Aristóteles, entendía la experiencia de dolor como una emoción. Descartes lo entendió como el resultado de estímulos nocivos que nos hacían daño. Desde la religión en cambio  el dolor se consideraba impuesto por Dios, ya fuera como una prueba de fe, o como un castigo. Las visiones de este tipo sobre el dolor se mantienen hasta el siglo XIX. A finales de este siglo, son los fisiólogos y psicofisiologos quienes conceptualizan la experiencia de dolor como una función meramente sensitiva, en la que se establece una relación entre la cantidad de dolor experimentado y la cantidad de tejidos alterados.

En cuanto a los factores cognitivos y afectivos, eran considerados como únicamente reacciones al dolor, situándolos en un segundo plano. Desde este modelo, el dolor se entiende como una transmisión directa y lineal del estimulo nocioceptivo, que puede ser eliminado o reducido bloqueando las vías patológicas que producen el dolor, ya sea mediante factores analgésicos, quirúrgicos, bloqueando los nervios, etc.

No obstante, este tipo de enfoque era capaz de explicar el dolor de tipo agudo, pero dejaba sin explicar el dolor de tipo crónico. Es ya en los años 70 cuando se muestra que la experiencia de dolor no está en función de la cantidad de tejidos dañados, si no que es más bien una experiencia subjetiva, evaluada por el individuo.

A día de hoy, el dolor se explica como un complejo fenómeno multidimensional, en el que entra en juego, la interacción sensorial-discriminativo, motivacional-afectivo, y el control central de sus procesos.

En la actualidad, el dolor es reconocido como una experiencia y una expresión que afecta a todo el comportamiento, y que está influenciado por variables de tipo genético, constitucionales, psicológicas, sociales, y culturales. Entendemos por tanto el dolor como la combinación de dichos factores que interaccionan unos con otros, para dar como resultado la experiencia de dolor.

 

Tania Soria, Psicóloga especialista en dolor psicosomático,

Equipo Puerto Salud